“En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es sólo plata y no amores”: 16 años del robo del siglo
Cultura
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13 ENE. 2022

“En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es sólo plata y no amores”: 16 años del robo del siglo

El famoso asalto ocurrió el 13 de enero de 2006 en el banco Río de Acassuso. A qué se dedican cinco de los ladrones que participaron de ese hecho, por el que cumplieron condena. Las dudas de los dos reaparecidos del grupo criminal y qué pasó con el botín.

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Libertad

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Hace 16 años, una banda de ladrones liderada por un artista plástico amante de la marihuana y sin antecedentes penales, marcó un hito en la delincuencia argentina al protagonizar el denominado Robo del Siglo. Con armas de juguetes, sin lastimar a ninguno de los 23 rehenes y burlándose de cientos de policías que en la tarde del 13 de enero de 2006 estaban parapetados en los alrededores del banco Río, de Acasusso, los sospechosos, que simulaban ser delincuentes inexpertos, se hicieron de un botín calculado en poco menos de 20 millones de dólares con el que se fugaron en dos gomones, luego de atravesar un boquete que conectaba a un desagüe. Semanas después, el sistema judicial y policial tendría su revancha al detener a cinco de los implicados. Pero apenas pudo recuperar una pequeña porción de lo robado.

Fernando Araujo fue el particular ideólogo de esta hazaña que quedó inmortalizada en el libro “Sin armas ni rencores” del periodista y escritor Rodolfo Palacios o la película El Robo del Siglo, interpretada por Diego Peretti y Guillermo Francella, y guionada precisamente por un Araujo volcado al cine, entre sus tantas facetas. “Me aburrí y empecé a incursionar por ese sendero sinuoso”, le contó Araujo a Palacios, al justificar el cambio radical de llevar una vida acomodada, con estudios universitarios, de “buena familia”, a otra más vertiginosa vinculada al hampa.

Esta conversión del líder de la banda contemplaba un perfil delictivo muy claro: jamás utilizaría la violencia debido a su convencimiento, basado en un sentido místico y espiritual, de que todo lo bueno y lo malo que hacen las personas, tarde o temprano, vuelve. Y claro está que no consideraba como algo muy negativo andar asaltando un banco.

Aquel viernes 13, Rubén Alberto de la Torre, quien había integrado la afamada Superbanda que asaltaba blindados y bancos cuyo esplendor fue en los ´90, disfrazado con un delantal, una peluca de su mujer y un estetoscopio, fue el primero de los ladrones en irrumpir, amenazar y reducir a los clientes y empleados de la sucursal bancaria, enclavada en el partido de San Isidro, en uno de los barrios más pudientes de la región metropolitana.

Otro de los ladrones que entró al banco y también contaba con prontuario, fue el uruguayo Luis Mario Vitette Sellanes, quien se encargó de ganar tiempo oficiando de negociador con el Grupo Halcón, Miguel Sileo, mientras sus compañeros vaciaban más de 140 cajas de seguridad de la bóveda en el subsuelo.

Para los investigadores, encabezados por el fiscal del caso, Ariel Apolo, se trataba de un robo exprés a las cajas del banco que había salido mal. De acuerdo a esta hipótesis, los delincuentes se vieron desesperados, tomaron rehenes y estaban intentando a contrarreloj mejorar su situación procesal. Solo debían esperar que se entregaran y reducir el riesgo de que los asaltantes cometieran una locura, ya que Vitette Sellanes, se mostraba dispuesto a todo.

Se sabe: eso nunca ocurrió porque los ladrones, lejos de estar acorralados, habían estado meses construyendo un túnel de 15 metros desde un desagüe pluvial subterráneo hasta el banco para asegurar la huida. El robo fue tan meticuloso que hasta habían previsto la construcción de un dique de madera para facilitar la navegación de las dos lanchas en dirección contraria al Río de La Plata.

A unas 14 cuadras de Avenida Del Libertador y Perú, donde está el banco, los esperaba otro cómplice, Julián Zalloecheverría, en una camioneta con un agujero en el piso por donde gracias a unas poleas subieron el botín: millones de dólares y varios kilos en joyas.

La última comunicación entre “El hombre de traje gris”, como se conoció al uruguayo, y Sileo fue a las 16:30, tras pedir pizzas y bebidas. Recién a las 19, cuando uno de los rehenes logró liberarse y llamar a un pariente que estaba afuera, la Bonaerense entró en el lugar y se encontró con los rehenes ilesos, la bóveda saqueada y un pintoresco cartel que rezaba: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es sólo plata y no amores”.

Sugestivamente, por cuestión de amores, cayó la banda. Un mes más tarde del robo, la mujer de De La Torre advirtió que estaba siendo engañada con una chica mucho más joven que él con quien estaba malgastando los frutos del ilícito y lo delató. Como un castillo de naipes que se desmorona, el resto del grupo siguió su misma suerte. Tras ser condenados a diferentes penas de prisión, pocos años después los imputados estaban en libertad (ver aparte). En tanto, los investigadores creen que tan solo se pudo recuperar cerca del 20% de lo robado.

Otro de los ladrones que entró al banco y también contaba con prontuario, fue el uruguayo Luis Mario Vitette Sellanes, quien se encargó de ganar tiempo oficiando de negociador con el Grupo Halcón, Miguel Sileo, mientras sus compañeros vaciaban más de 140 cajas de seguridad de la bóveda en el subsuelo.

Para los investigadores, encabezados por el fiscal del caso, Ariel Apolo, se trataba de un robo exprés a las cajas del banco que había salido mal. De acuerdo a esta hipótesis, los delincuentes se vieron desesperados, tomaron rehenes y estaban intentando a contrarreloj mejorar su situación procesal. Solo debían esperar que se entregaran y reducir el riesgo de que los asaltantes cometieran una locura, ya que Vitette Sellanes, se mostraba dispuesto a todo.

Se sabe: eso nunca ocurrió porque los ladrones, lejos de estar acorralados, habían estado meses construyendo un túnel de 15 metros desde un desagüe pluvial subterráneo hasta el banco para asegurar la huida. El robo fue tan meticuloso que hasta habían previsto la construcción de un dique de madera para facilitar la navegación de las dos lanchas en dirección contraria al Río de La Plata.

A unas 14 cuadras de Avenida Del Libertador y Perú, donde está el banco, los esperaba otro cómplice, Julián Zalloecheverría, en una camioneta con un agujero en el piso por donde gracias a unas poleas subieron el botín: millones de dólares y varios kilos en joyas.

La última comunicación entre “El hombre de traje gris”, como se conoció al uruguayo, y Sileo fue a las 16:30, tras pedir pizzas y bebidas. Recién a las 19, cuando uno de los rehenes logró liberarse y llamar a un pariente que estaba afuera, la Bonaerense entró en el lugar y se encontró con los rehenes ilesos, la bóveda saqueada y un pintoresco cartel que rezaba: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es sólo plata y no amores”.

Sugestivamente, por cuestión de amores, cayó la banda. Un mes más tarde del robo, la mujer de De La Torre advirtió que estaba siendo engañada con una chica mucho más joven que él con quien estaba malgastando los frutos del ilícito y lo delató. Como un castillo de naipes que se desmorona, el resto del grupo siguió su misma suerte. Tras ser condenados a diferentes penas de prisión, pocos años después los imputados estaban en libertad (ver aparte). En tanto, los investigadores creen que tan solo se pudo recuperar cerca del 20% de lo robado. «

En esta nota: #efemérides

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